En el principio, el cielo era un lienzo oscuro sin una sola chispa de luz. El Bosque Areum dormía bajo un silencio absoluto, una paz que se sentía más como una espera que como un descanso.
Fue entonces cuando Lirien, la joven vástago de la estirpe Hirashi, miró hacia el cenit. No buscaba una señal, buscaba un propósito. De pronto, una grieta se abrió en el firmamento. No fue un trueno, fue un canto vibrante que hizo que las raíces de los árboles ancestrales temblaran de emoción.
Aquel fragmento de luz, la Primera Estrella, no cayó por accidente; fue llamada. Y con ella, llegó el conocimiento de los Shin y la responsabilidad de proteger el equilibrio entre lo eterno y lo efímero.
Sin embargo, la luz no era gratuita. Cada resplandor demandaba un eco de voluntad, un tributo que con el tiempo se convertiría en el rito semanal que hoy conocemos. Una estrella por cada alma que se atreva a mirar hacia arriba sin miedo a la oscuridad.